El León de la tribu, de la tribu de Judá,
nos ha roto las cadenas de la muerte.
Una fiesta de alabanzas y de gozo hay aquí,
de rodillas lo adoramos sin cesar:
El retoño de David ha vencido todo mal,
y su reino de justicia y esperanza él nos da.
Con su brazo poderoso nos sostiene nuestro Dios
y un incienso de oraciones sube a él.
Nuestro cántico de amor elevamos hacia Dios
corazones redimidos por su sacrificio de amor.
Él nos hizo un pueblo santo, reino y nación de fe;
sacerdotes, raza nueva, consagrados sólo a él.


